Descolonizar el pensamiento crítico y las rebeldías (I y II)

Descolonizar el pensamiento crítico y las rebeldías (I)

El libro más reciente de Raúl Zibechi, Descolonizar el pensamiento crítico y las rebeldías, autonomías y emancipaciones en la era del progresismo, publicado recientemente en México por Bajo Tierra Ediciones (2015), constituye una sólida y profunda contribución al debate de las ideas en el ámbito de las resistencias y los procesos autonómicos anticapitalistas, así como una crítica de gran calado a los progresismos de las denominadas izquierdas institucionalizadas, considerados por el autor incluso como una nueva forma de dominación.

Dividida en cuatro secciones, precedidas de una introducción (I. Las sociedades en movimiento; II. Los movimientos en la era progresista; III. Los progresismos como nuevas formas de dominación; IV. Abajo y a la izquierda), la obra se fundamenta en un conocimiento vivencial del autor de importantes movimientos antisistémicos en Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Paraguay, Perú, Venezuela, Uruguay y, en especial, en México, a partir de la convivencia de Zibechi con el proceso de los pueblos mayas agrupados en el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

La introducción es clave para la comprensión del extenso texto de 375 páginas, e inicia con el impactante y poco conocido relato acerca de la masacre de al menos 200 argelinos y el arresto de otros miles en París el 17 de octubre de 1961, así como de los costos en vidas humanas y torturados de la guerra de liberación, que según informes del Frente de Liberación Nacional, de un total de entre 9 y 10 millones de habitantes, un millón de argelinos fue muerto, mientras que otro millón fue torturado. Zibechi señala que nunca hubo condenas por asesinar argelinos y que este es el clima en el que reflexionaba Frantz Fanon, considerado como la “zona del no-ser (…) donde la humanidad de los seres es violentada día tras día, hora tras hora.

Se reivindica la actualidad del pensamiento de Fanon al cuestionar la teoría crítica hegemónica, o sea, el marxismo soviético de las décadas de 1950 y 1960, y por pensar y practicar la resistencia y la revolución desde el lugar físico y espiritual de los oprimidos: allí donde buena parte de la humanidad vive en situaciones de indecible opresión, agravada por la recolonización que supone el modelo neoliberal. Zibechi sostiene que sigue siendo necesaria una estrategia que aborde el complejo de inferioridad sufrido por el colonizado, y se pregunta: ¿De qué sirve la revolución si el pueblo triunfante se limita a reproducir el orden colonial, una sociedad de dominantes y dominados? Por ello, abordar la cuestión de la subjetividad es un asunto estratégico-político de primer orden, sin el cual el dominado volverá a repetir la vieja historia: ocupando el lugar material y simbólico del colonizador, reproduciendo así el sistema que combate. Criticando el papel liberador que Fanon atribuye a la violencia, al elevar al pueblo a la altura del dirigente, se retoma la necesidad de abordar el problema de la subjetividad como una prioridad política, rompiendo así con la centralidad de la economía y con el papel excluyente concedido a la conquista del poder y a la recuperación de los medios de producción y de cambio por la teoría de la revolución.

A partir de estas ideas, Zibechi desarrolla aspectos que considera centrales, y que ciertamente están presentes en los textos que integran el volumen: autonomía y dignidad, poder, re-producción y familia, comunidad o vanguardia, identidad, producción colectiva de conocimientos y creación de un mundo nuevo. Señala que los que viven en la zona del no-ser no pueden ser autónomos en la sociedad opresora, ya que la violencia es vida cotidiana y la sociedad no los reconoce como seres humanos; por ello, los colonizados (Fanon), los de abajo (zapatistas), deben crear espacios seguros a los que los poderosos no puedan acceder. Asimismo, las autonomías de los pueblos indígenas, campesinos y mestizos deben ser integrales, esto es, abordar todos los aspectos de la vida, desde la producción de alimentos hasta la justicia y el poder. Los dominados no pueden apelar a la justicia del Estado, sino crear instituciones propias. De esta manera, los procesos de cambio no pueden ordenarse alrededor de los estados actuales. Los procesos autonómicos se fundamentan en poderes democráticos, no estatales, anticoloniales porque destruyen las relaciones de subordinación de raza, género, generación, saber y poder heredadas, construyendo otras nuevas en las que las diferencias coexisten sin imponerse unas a las otras.

Los movimientos de la zona del no-ser se cuentan por familias. El paso político fundamental es el pasaje de la reproducción en la casa familiar a la reproducción colectiva en los movimientos, modificando la inmovilidad de la sociedad dominada, renovar su sangre y su alma (Fanon). Es en la reproducción donde la sociedad de los de abajo puede hacer un esfuerzo sobre ella misma.

Se sigue también a Fanon en su denuncia al elitismo de las izquierdas, incluyendo la noción de partido que considera importada de la metrópoli. Su rechazo a la organización centrada en las élites más conscientes y organizadas se basa en su capacidad de negociar e incrustarse en el aparato estatal. No tienen necesidad de destruirlo, ya que esperan un lugar a la sombra del sistema. Zibechi destaca que el zapatismo, por el contrario, se propone organizar el conjunto del pueblo. El EZLN invirtió la lógica colonial de las izquierdas, al ponerse al servicio de las comunidades, esto es, del vanguardismo revolucionario al mandar obedeciendo; de la toma del Poder de Arriba a la creación del poder de abajo; de la política profesional a la política cotidiana; de los líderes, a los pueblos (sub Marcos). El zapatismo transita este camino de descolonización del pensamiento crítico, sostiene Zibechi, revitalizando tradiciones de carácter comunitario, y a partir de saberes que enseñan que para construir un mundo nuevo no es necesaria una teoría revolucionaria separada de la realidad y que se coloca por encima de ella.

Gilberto López y Rivas – La Jornada

Descolonizar el pensamiento crítico y las rebeldías (II)

La construcción de otro mundo en América Latina, acorde con Raúl Zibechi, se está llevando a cabo por medio de organizaciones no estadocéntricas ni jerarquizadas, que a veces ni siquiera tienen equipos permanentes de dirección y, en consecuencia, tienden a superar la burocracia, una forma tradicional, elemental y muy antigua de dominación. En estos nuevos modos de hacer, las mujeres y los jóvenes juegan un nuevo papel.

En un primer momento de crítica a los gobiernos progresistas, Zibechi identifica que, pese a las diferencias, todos los procesos tienen en común la continuidad del modelo extractivo, ya sea minería a cielo abierto, hidrocarburos o monocultivos. “En todos los casos se trata de la producción de commodities, el modo que hoy asume el neoliberalismo en la región”, así como la expansión de políticas sociales que buscan neutralizar a los movimientos y amortiguar o impedir el conflicto. El mapa de los gobiernos progresistas y de izquierda habría que completarlo estableciendo una diferencia entre aquellos países en los que la acción social hizo entrar en crisis el sistema político, como Venezuela, Bolivia y Ecuador, y aquellos como Brasil y Uruguay, donde ha predominado la estabilidad, estando Argentina en una situación intermedia.

Al interrogante sobre los principales peligros y beneficios que implica la llegada al gobierno de partidos progresistas, Zibechi hace un señalamiento, a mi juicio trascendente, y a partir de tres escenarios: Las relaciones interestatales, o sea, la cuestión de los gobiernos, la relación entre movimientos y estados, es decir, la cuestión de la emancipación y la relación entre el desarrollo y el buen vivir, esto es, el posdesarrollo. Si miramos la cuestión estatal, la existencia de gobiernos progresistas es muy positiva, porque en ellos se juega la relación con Estados Unidos y con las grandes multinacionales del norte, la crisis de la dominación imperialista que estos gobiernos acentúan. Pero, si observamos la cuestión de la emancipación o del desarrollo, estos gobiernos han representado un paso atrás. El problema es que hay fuerzas sociales y políticas que no pueden tener otro horizonte más que ser gobierno, que convertirse en administradores del Estado.

En la especificidad de América Latina, Zibechi destaca que por un lado tenemos una sociedad oficial, hegemónica, de herencia colonial, con sus instituciones, sus modos de hacer, su justicia y todo eso. Por otro, hay otra sociedad que puede estar afincada en las remotas áreas rurales y se organiza en comunidades y también en las amplias periferias urbanas; que tiene otros modos y formas de organizarse; que tiene su propia justicia, sus formas de producción y toda una organización para tomar decisiones paralelas o al margen de la establecida. Nuestro autor sostiene que la práctica indígena cuestiona las concepciones revolucionarias occidentales en varios aspectos y denuncia que sólo lo estadocéntricos es teorizable, coincidiendo con autores como Leopoldo Mármora, quien a mediados de los años ochenta hacía notar las raíces eurocéntricas del marxismo en el tratamiento de la cuestión nacional y en el concepto de pueblos sin historia.

“Hay varios temas que el movimiento indio pone sobre la mesa. El primero es su concepción del tiempo, la relación presente-pasado. El segundo es la idea de cambio social o revolución, el Pachakutik… El tercero se relaciona con el racionalismo y con la relación entre medio y fines, que involucra las ideas de estrategia y táctica, así como la cuestión del programa y del plan”. En todos estos temas y procesos, el papel del intelectual es importante. Zibechi rehúsa definirse como intelectual, aun en los términos en los que los plateaba Lenin e incluso Gramsci, y prefiere ser llamado activista/militante y pensador/educador, que en todo caso no deja de ser intelectual. Sostiene, acertadamente, que muchas de las ideas de quienes trabajamos en los movimientos son patrimonio de mucha gente. “Si el centro es la gente en movimiento, entonces el intelectual tiende a ser uno más en el movimiento… Por eso los intelectuales también nos debemos poner en movimiento y movernos del lugar ese de estar por encima de la gente”.

Zibechi considera que los movimientos antisistémicos autonómicos comenzaron una nueva era de las luchas sociales o de clases que está en sus primeras fases. Esta nueva era es la de la autoconstrucción de un mundo, sin necesidad de pasar por la toma del poder estatal, concentrándose en los territorios donde se construyen estos nuevos mundos. El caso más evidente es el de los caracoles zapatistas, donde se han construido formas de poder supracomunitario, como las Juntas de Buen Gobierno que reúnen a cientos de comunidades cada uno (aunque el confederalismo en el Kurdistán muestra también una experiencia inédita en esta conflictiva región del mundo). La experiencia zapatista –afirma Zibechi– es un logro histórico que nunca antes había existido en las luchas de los de abajo, exceptuando los 69 días que duró la Comuna de París y los breves tiempos de los soviets antes de la reconstrucción estatal estalinista.

La reaparición del EZLN, acorde a Zibechi, combina posiciones históricas (entre las que habría que destacar el rechazo al escenario electoral y a la construcción de organizaciones homogéneas y centralizadas) con nuevos desarrollos que implican una relación diferente con sus bases de apoyo fuera de Chiapas y, sobre todo, un modo novedoso de intervención en los sectores populares, consistente en mostrar lo que han sido capaces de construir que, en realidad, es enseñar un camino propio y diferente para transformar el mundo.

A juicio de nuestro autor, el discurso zapatista recupera la tradición de resistencia anticolonial defendida por Frantz Fanon, quien destaca la existencia de dos zonas, la del opresor y la del oprimido, los de arriba y los de abajo. Asimismo, Zibechi distingue al zapatismo de otros movimientos a partir de la autonomía integral, que los lleva a rechazar subvenciones y políticas sociales del gobierno; la construcción de órganos de poder en tres niveles, diferentes a las formas de poder estatales, inspirados en la comunidad; ser un movimiento de jóvenes y de mujeres, y ser consecuentemente anticapitalistas.

Gilberto López y Rivas – La Jornada

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